Escenarios

El round perdido de la batalla cultural

Hoy analizamos algo sobre el sentido simbólico (y político) de la expedición del CONICET al fondo del mar

agosto 3, 2025 · Por Sociolitica

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Hoy analizamos algo sobre el sentido simbólico (y político) de la expedición del CONICET al fondo del mar.

Resumen Ejecutivo

A fines de julio de 2025, un evento científico se transformó en un inesperado fenómeno de masas. La transmisión en vivo de una expedición del CONICET al Cañón Submarino de Mar del Plata, a bordo del buque Falkor (too) y operando el robot (ROV) SuBastian, cautivó a una audiencia masiva. Las visualizaciones superaron no solo a streamers consolidados, sino también a entrevistas del propio Presidente de la Nación, Javier Milei.

El suceso, que podría leerse como una simple anécdota de color, es en realidad un poderoso analizador social en torno a diversos aspectos (valor de la ciencia, soberanía de nuestros recursos, ciencia y tecnología, etc.). En este caso, tomaremos uno: un vistoso Round de la batalla cultural que perdió el gobierno.

El episodio del CONICET versus la narrativa gubernamental es un caso de estudio perfecto sobre cómo dos sistemas de signos opuestos colisionaron, y uno de ellos reveló la fragilidad del otro.

El fenómeno del CONICET no solo expuso la fragilidad del discurso anti-ciencia, sino que sirve de caso de estudio para evaluar el curso y la viabilidad de la “batalla cultural” emprendida por el gobierno y sus usinas ideológicas. Al contrastar los preceptos de esta batalla con la reacción social observada, emerge un diagnóstico claro: la estrategia sobreestima su propia relevancia y opera sobre un mapa incorrecto de los deseos y preocupaciones de la sociedad.

Aclaración conceptual indispensable: ¿De qué se trata esta pretendida Batalla cultural?, ¿A qué y de qué modo apunta?

Para comprender el rumbo de esta batalla, primero debemos definirla según sus propios arquitectos. Figuras como Agustín Laje y la recientemente creada Fundación Faro, un think tank diseñado para difundir las ideas libertarias, estructuran este conflicto en torno a un conjunto claro de preceptos.

Definiendo el conflicto: La política es vista como una extensión de la guerra por la hegemonía cultural. No basta con ganar elecciones; es necesario derrotar las ideas de la “izquierda” o el “progresismo” que, según esta visión, han “cooptado” instituciones clave como la educación, la cultura y la ciencia para adoctrinar a la sociedad.

El Enemigo identificado: El adversario es un conglomerado que incluye el “marxismo cultural”, el “globalismo” (como la Agenda 2030), el feminismo, el ecologismo y cualquier forma de colectivismo que anteponga un interés grupal al del individuo. El Estado es el principal vehículo de este enemigo, siendo intrínsecamente ineficiente y moralmente corrupto.

El objetivo final: El fin es instaurar un nuevo “sentido común” basado en los principios del liberalismo económico y valores conservadores o “históricos”. Se busca formar cuadros políticos y líderes de opinión que puedan evangelizar estas ideas y ganar la disputa en el terreno de los valores y las creencias.

La Metodología: La táctica es la confrontación directa y la moralización del debate. Se plantea una lucha entre el “bien” (individuos libres, mercado, orden) y el “mal” (estatismo, colectivismo, “zurdos”). Esto justifica el ataque y el desfinanciamiento de cualquier institución vista como un bastión del enemigo, como el CONICET.

Sobre algunos símbolos de esta “batalla”

El Símbolo dominante: La “Motosierra”. Este no es un signo de gestión, sino de destrucción indiscriminada. Simboliza una ruptura violenta con el pasado, presentada como una purga necesaria. Su significado es puramente negativo: cortar, eliminar, reducir. No contiene significantes de construcción o futuro.

La Re-significación de “gasto”: La palabra “gasto”, un término contable neutro, es re-significada para convertirla en un signo de inmoralidad y despilfarro. Todo lo que cae bajo el paraguas del “gasto público” (ciencia, educación, cultura, jubilaciones, discapacidad) queda automáticamente teñido por esta connotación negativa.

La creación de un anti-símbolo: El “Científico Inútil”. Se construye un enemigo simbólico: el investigador que estudia temas presuntamente absurdos. Este es un signo falso diseñado para representar el todo. Al atacar este falso símbolo, se busca desacreditar al conjunto del sistema científico. Es un signo que opera por metonimia fraudulenta (tomar una parte inventada para descalificar el todo).

¿PORQUÉ LA EXPEDICIÓN CONECTÓ MEJOR?

La imagen pura. La imagen del fondo marino es un ícono, un signo que se asemeja a lo que representa. No requiere interpretación ideológica previa. Un pez bioluminiscente es un pez bioluminiscente. Su poder reside en su evidencia, en su existencia irrefutable. Frente a un ecosistema mediático saturado de opiniones y “relatos” (signos abstractos), la expedición ofreció hechos visuales. Mostró, no contó.

El Hallazgo como prueba. Cada criatura desconocida o ecosistema prístino funcionó como un índice, un signo que es prueba directa de algo. El hallazgo de una posible nueva especie no es un símbolo de la ciencia, es la prueba fáctica de que la ciencia produce resultados tangibles y valiosos. Este signo-prueba cortocircuita cualquier argumento sobre la “inutilidad” de la investigación.

Resignificando “lo público”. El logo del CONICET en la pantalla, omnipresente, se convirtió en el símbolo central. Tradicionalmente, la narrativa oficial busca asociar este símbolo con “gasto”, “burocracia”, “déficit”. Sin embargo, en el contexto de la expedición, el logo se cargó de significados opuestos: soberanía (explorando lo nuestro), orgullo nacional, capacidad tecnológica, futuro y conocimiento. La expedición logró una proeza semiótica: secuestró el símbolo “CONICET” de la narrativa del gasto y lo reinstaló en la narrativa del valor.

La pasión como verdad. La comunicación verbal de los científicos fue crucial. Palabras como “maravilla”, “increíble”, “belleza” y los apodos cariñosos (“batatita”) no fueron meros comentarios. Fueron signos de una pasión auténtica. Este lenguaje, despojado de jerga política, conectó emocionalmente con la audiencia, presentando a los científicos no como una élite distante, sino como exploradores humanos compartiendo un momento de asombro. Su pasión se volvió un signo de la veracidad y la importancia de su trabajo.

El Colapso del Significado Único

El discurso del gobierno es abstracto y autorreferencial. Se basa en creer en conceptos como “la magia del mercado” o “el fracaso del Estado”. La expedición del CONICET fue concreta y empírica. Ofreció evidencia visual, no dogmas. La crisis surge cuando la ciudadanía, aunque sea por un instante, prefiere la evidencia tangible a la fe ideológica.

La crisis de la unidimensionalidad (Precio vs. Valor): La semiótica del gobierno es unidimensional: todo signo se traduce a un único significado, el costo económico. Su lenguaje es el del precio. La expedición, por su parte, demostró que la sociedad opera con sentidos multidimensionales, donde símbolos como “soberanía”, “conocimiento” o “asombro” tienen un inmenso valor, aunque no tengan un precio inmediato. La narrativa del gobierno se debilita frente a este suceso porque su sistema de signos es incapaz de procesar, y por lo tanto de valorar, todo aquello que excede la lógica del costo-beneficio.

En resumen, la crisis de la narrativa gubernamental no es de comunicación, sino de significado. Su sistema de sentidos, reducido a la lógica del costo y la simbología de la destrucción, se reveló pobre y limitado frente a la riqueza de significados que la ciencia pública fue capaz de generar. La expedición del CONICET no solo exploró el mar; exploró y expuso los límites del universo simbólico del poder político, demostrando que la batalla por el sentido común se libra también con imágenes de corales de aguas profundas, con la pasión de un científico y con el orgullo colectivo de un descubrimiento.

Conclusión y algo sobre la batalla por el sentido

El masivo interés en la expedición del CONICET no fue una anécdota, sino un acto de insubordinación cultural e intelectual. Una ciudadanía, tratada por el discurso hegemónico como un mero espectador de decisiones económicas, simplemente actuó silenciosamente eligiendo ser partícipe de un acto de creación de conocimiento.

El fenómeno demostró la fragilidad no de la opinión pública, sino de un relato político que subestima la inteligencia colectiva y la necesidad humana de asombro, descubrimiento y orgullo por los logros comunes. La gente no huyó de la política; buscó una forma de política más genuina, una que construye soberanía desde el fondo del mar y que, al hacerlo, expone la superficialidad de los discursos que se gritan, con violencia, en la superficie.

Nos surgen varias preguntas, aquí una: Si la épica de la política (la “refundación del país”, la “batalla cultural”) es eclipsada por la épica de la ciencia (la conquista de lo desconocido), ¿qué y cuánto nos dice esto sobre la devaluación de la palabra política y la necesidad de relatos basados en la evidencia y el descubrimiento tangible?

En este contexto, la expedición al fondo del mar actuó como una refutación fáctica y silenciosa. No necesitó de discursos ni de consignas. Simplemente mostró, ¿que mostró?: Soberanía, capacidad y valor: La sociedad no necesitó un intérprete; la evidencia se transmitió en vivo.

Extra: hacia la radicalización y la irrelevancia

¿Qué curso puede tomar la batalla cultural encarada por el gobierno?

El fenómeno del CONICET podría ser reinterpretado por sus ideólogos como una prueba de que el “enemigo cultural” es más astuto y poderoso de lo que pensaban, justificando así mayores recortes y una retórica más agresiva. ¿Se llegará a culpar al público por no “entender” y se redoblará la apuesta, profundizando la desconexión?, ¿Se negará la capacidad del público y todos quedamos señalados como habitantes de “mandrilandia”?

Podrían buscar generar sus propios espectáculos de “orgullo nacional” vinculados al sector privado o a logros de mercado, intentando disputar el monopolio del asombro. Sin embargo, esto es difícil, ya que la épica del descubrimiento científico tiene una autenticidad y un valor de “bien común” que es difícil de replicar desde una lógica puramente comercial.

Esta batalla podría convertirse en una guerra sin cuartel, hablando un idioma (de la economía, de lo técnico – cosa que ya empezó a suceder) que solo ellos entienden, mientras el grueso de la sociedad responde a otros estímulos: la situación económica concreta, la seguridad cotidiana y, como hemos visto, la ocasional e inesperada invitación a maravillarse juntos.

En síntesis, la batalla cultural del gobierno no está perdiendo en su propio terreno; está descubriendo que el terreno que eligió no es el campo de batalla principal. El caso del CONICET debe ser una lección de humildad: la cultura es un territorio mucho más complejo, profundo y emocional que el simple tablero de ajedrez ideológico que proponen sus estrategas. Mientras ellos se preparan para una guerra contra supuestos fantasmas ideológicos, la realidad cultural, tangible y poderosa, fluye por otros cauces, a menudo silenciosos, que habitan en los lugares menos pensados como el fondo del mar.