Este informe consta de dos partes. La primera entrega acerca una idea general de la discusión. La segunda, avanzamos con ejemplos que dan cuenta del proceso de deterioro.
octubre 12, 2025 · Por Sociolitica
¿De qué se trata este informe?
De cómo a los argentinos se nos complica estar mejor, pero no ahora, sino que cada vez es un poco más difícil. Se trata de mostrar una pequeña parte, una porción de la realidad que ayuda a explicar esto.
Suena mal, quizás agresivo e incluso ofensivo. Pero este informe busca pensarnos desde una mirada hacia atrás. Comparando algunos datos de la economía, intentando comparar cuánto costaban las cosas antes, con cuánto dinero contábamos entonces, y cuánto ahora.
Seguro será una lectura algo incompleta, porque siempre se pueden sumar nuevos datos, mejorar métodos y aportar miradas. Sin embargo, queremos compartir esta información que nace de una reciente duda: ¿Baja la pobreza? Lo cierto es que no buscamos la discusión sobre si ésta está bien o mal medida. Que si se miden los servicios o se omiten algunos consumos. Que si se miente o no.
Entonces, ¿Qué buscamos? intentar responder porqué, más allá de que los indicadores dicen que la pobreza baja, la gente se siente cada vez más limitada, con más dificultades para cubrir sus necesidades y, ni hablar, de embarcarse en grandes proyectos.
Este informe consta de dos partes. La primera entrega acerca una idea general de la discusión. La segunda, avanzamos con ejemplos que dan cuenta del proceso de deterioro. Aquí, la primera entrega.
Cada cuatro años nos toca escuchar lo mal que estamos y lo bien que podríamos estar. Las campañas se tratan, en gran parte, de prometer una próspera historia futura, total, la memoria parece olvidar el pasado reciente, ocultando los complejos pormenores que hasta hace poco estuvimos transitamos. Nos dicen que un sistema mejor es posible, uno mejor para todos. El cómo alcanzarlo, queda siempre difuso, seguro requiere paciencia y grandes esfuerzos. Por ello son necesarios los seductores slogans. De hecho, llegan a mostrarse números como grandes logros (reservas, liquidaciones, acuerdos bilaterales, tasas de inflación casi controladas, etc).
No obstante, desde nuestro privilegiado lugar de cercanía con mucha gente que mira de reojo, notamos una disonancia. Lo que cuentan los gobiernos o algunos candidatos no es lo que registra el ojo (ni el cuerpo) del común de la sociedad. Es por ello que nos preguntamos ¿dónde está ese punto de disonancia?, ¿Qué está pasando entre lo dicho y lo experimentado, entre las palabras y los hechos? Veamos un dato y su comportamiento en el tiempo:

Fuente: elaboración propia en base a cálculos y metodología Reconstruida con resoluciones oficiales, INDEC, Consejo del Empleo y archivo Cárcamo–Manna(ver anexo metodológico)
No es una simple serie histórica; es un electrocardiograma que registra cada espasmo de ilusión, cada infarto hiperinflacionario, cada meseta de estabilidad que resultó ficticia o, por algún momento, insostenible. Analizar la evolución del Salario Mínimo, Vital y Móvil (SMVM) en dólares constantes nos sirve como ejercicio sociológico, además de económico, para pensar cómo hemos estado los últimos 40 años.
Hoy el salario mínimo está muy parecido al de 1988 o al de 2002. El primero, la antesala de la hiper que terminó con el gobierno de Alfonsín y abrió las puertas al menemismo. El segundo, la previa al emergente de un nuevo peronismo, ese que luego se dió en llamar: kirchnerismo.
Los 90 dieron estabilidad decreciente, los 2000 crecimiento. Dos modelos de peronismo que habitaron contextos geopolíticos diferentes. El de ahora no es una excepción. Venimos nuevamente en caída con un nuevo régimen caracterizado por un mercado financiero implacable y una potencia China que torció la historia.
Lo que estos números nos revelan es una verdad incómoda, una que atraviesa gobiernos de todos los colores políticos y que debería ser el punto de partida de cualquier discusión seria sobre el futuro del país. Argentina, en los últimos 40 años ha deteriorado la calidad de vida de gran parte de su ciudadanía. Principalmente de su clase media. Ese grupo asalariado, trabajador formal, probablemente empleado en relación de dependencia, empleado público. En definitiva, el arquetipo o ideal argentino, hoy no existe como lo recordamos. Nostalgia de un ser que, parece, no volverá.

Cuando nos dicen “ahora estamos mejor”, basados en la idea de que el sistema ha reducido la pobreza extrema, el acceso a una mejora calidad de vida, la educación ha extendido sus años de obligatoriedad, la esperanza de vida crece, es cierto. Indudablemente esos aspectos de los que se nutre la política de los grandes datos, tiene su cuota de verdad, pero no menciona los pormenores. Esos que hoy generan que, por ejemplo, el 57% de los argentinos expresen un humor social de alta tensión (según nuestro estudio cuantitativo de septiembre).
Para abordar la magnitud del problema, intentaremos traducirlos a la vida real, al acceso a bienes fundamentales que definen no solo la calidad de vida, sino la propia identidad de la clase media: por ejemplo, la vivienda y el auto. El salario en dólares es la unidad de medida que nos permite comparar nuestra capacidad de acceso a un mundo donde los bienes durables están, en su mayoría, dolarizados.

El viaje que nos propone el gráfico es una montaña rusa que ha perdido altura en cada vuelta. Comencemos en la era de la pre-convertibilidad (1985-1991). Vemos un espejismo en 1987, con un salario de 551 dólares a valor de hoy, un pico de poder adquisitivo que se demostró insostenible.
Fue la calma antes de la tormenta, porque solo dos años después, en 1989, la hiperinflación pulverizó el ingreso a un nivel catastrófico de apenas 13 dólares. En 24 meses, el poder de compra de un trabajador formal se desintegró en un 97%. Es más que una crisis, es una demolición social.
Luego llegó la Convertibilidad (1992-2001), la gran promesa de estabilidad. La tabla muestra una meseta, un salario que se clavó en torno a los 400-450 dólares de hoy. Fue una década de “pizza con champagne” para algunos, pero los datos muestran una lenta y persistente caída del poder adquisitivo real, año tras año. Era una estabilidad comprada con deuda y desindustrialización, un bienestar que se pagaba con el desempleo que estallaría en 2001.
La post-crisis (2002-2011) nos muestra otra cara de la moneda, pero con un matiz fundamental para pensar nuestra actualidad: una recuperación notable. Partiendo de un piso de 122 dólares en 2002, el salario real se multiplica por seis en menos de una década, alcanzando su pico histórico en 2013 con 768 dólares. Gracias a eso, el kirchnerismo pudo hablar de la década ganada”, a eso se refería. Fue un período impulsado por el boom de los commodities, un tipo de cambio competitivo y una política de recomposición del mercado interno. Fue el momento en que la clase trabajadora se recupera, pero (parece que siempre habrá un pero) la informalidad crece, la brecha entre el SMVM y el RIPTE se incremente a niveles de los ´90. Planes sociales que nunca devinieron en trabajo genuino, emisión y un modelo de dudosa honestidad en los negociados (compra de Repsol, Obra pública y un largo y sostenido listado de opacidad económica y errores políticos).
Y como la historia argentina es cíclica y trágica, a partir de 2013, comienza lo que podríamos llamar la lenta agonía (2013-2023). Como vimos, el modelo del kirchnerismo empezó a mostrar sus límites, y los gobiernos de Macri y Alberto Fernández administraron, con distintas herramientas y sin éxito, un declive estructural. El gráfico muestra un “serrucho” descendente, con recuperaciones electorales efímeras seguidas de devaluaciones brutales. El salario real se fue desangrando poco a poco, perdiendo la capacidad de ser un motor de progreso. En fin, una crónica que nos dio, primero, un macrismo que asume su fallo por confiar en el gradualismo de un ajuste y la incapacidad para contener la inflación; y luego, un peronismo que acusa a la pandemia, y a Macri, como los causales de su fracaso.
Finalmente, llegamos al shock actual (2024-2025). La devaluación y la liberalización de precios del gobierno de Milei llevaron el salario mínimo a un nuevo piso histórico de 233 dólares. Este número es lo que hoy explica este tenso humor social. Es apenas la mitad de lo que se cobraba en la Convertibilidad, un tercio del pico de 2013, y está por debajo incluso de los niveles de la caótica década de los 80 (excluyendo la hiperinflación).
Una inflación contenida que se sostiene de enfriar la economía. Con un consumo planchado y un esquema de oportunidades favorables para los grandes del sistema financiero (principalmente bancos). Una serie de préstamos y salvatajes (FMI y SWAP con Estados Unidos) que hacen del futuro, un escenario difuso y algo más que complejo.
Mientras tanto, hoy vemos que no ya una casa, ese imposible sueño, sino un auto, unas vacaciones, una remodelación, un carro de supermercado lleno son una rareza de la vida cotidiana.
En fin. Algo sobre cómo la necesidad misma de vivir bien o, como se dice por ahí pero no se define qué es, dignamente, es algo que vemos cada vez más lejano de una mayoría.

Hasta aquí una introducción a la discusión. El martes 14/9 compartiremos los ejemplos en los que nos apoyaremos para expresar cómo este proceso se hizo carne en los argentinos.