¿De qué se trata este informe? De cómo a los argentinos se nos complica estar mejor, pero no ahora, sino que cada vez es un poco más difícil.
octubre 15, 2025 · Por Sociolitica
¿De qué se trata este informe?
De cómo a los argentinos se nos complica estar mejor, pero no ahora, sino que cada vez es un poco más difícil. Se trata de mostrar una pequeña parte, una porción de la realidad que ayuda a explicar esto.
Suena mal, quizás agresivo e incluso ofensivo. Pero este informe busca pensarnos desde una mirada hacia atrás. Comparando algunos datos de la economía, intentando comparar cuánto costaban las cosas antes, con cuánto dinero contábamos entonces, y cuánto ahora.
Seguro será una lectura algo incompleta, porque siempre se pueden sumar nuevos datos, mejorar métodos y aportar miradas. Sin embargo, queremos compartir esta información que nace de una reciente duda: ¿Baja la pobreza? Lo cierto es que no buscamos la discusión sobre si ésta está bien o mal medida. Que si se miden los servicios o se omiten algunos consumos. Que si se miente o no.
Entonces, ¿Qué buscamos? intentar responder porqué, más allá de que los indicadores dicen que la pobreza baja, la gente se siente cada vez más limitada, con más dificultades para cubrir sus necesidades y, ni hablar, de embarcarse en grandes proyectos.
Este informe consta de dos partes. La primera entrega acerca una idea general de la discusión. En esta segunda, avanzamos con ejemplos que dan cuenta del proceso de deterioro.
Si el Salario Mínimo (SMVM) es el sismógrafo de la base de la pirámide y de la dignidad laboral, el RIPTE es el termómetro de la clase media formal y asalariada, el corazón del antiguo sueño argentino. La incorporación del RIPTE (Remuneración Imponible Promedio de los Trabajadores Estables) enriquece el análisis de una manera fundamental. Al comparar ambas curvas, no solo vemos la historia de un empobrecimiento; vemos el proceso de una fractura social nuestra conversión paulatina en una sociedad desigual.
Si bien el INDEC recientemente publicó los datos de mejora del coeficiente que mide la desigualdad del ingreso (Gini: 0,435), proponemos ver la película en plano amplio.
El SMVM, como vimos en la primera entrega, marca el pulso del trabajador menos calificado. Una referencia de la informalidad o el umbral de la formalidad. El RIPTE, en cambio, representa el ingreso promedio de aquel que logró un empleo estable, en blanco, con aportes. Históricamente, estos dos indicadores debían moverse en tándem, con una brecha estable entre ellos, señal de una sociedad cohesionada. El gráfico que ahora tenemos frente a nosotros nos cuenta la crónica del desacople.
Acoples y desacoples de la idea de equidad: SMVM vs. RIPTE – en USD – (1985-2025)

Fuente: elaboración propia en base a cálculos y metodología Reconstruida con resoluciones oficiales, INDEC, Consejo del Empleo y archivo Cárcamo–Manna(ver anexo metodológico)
La primera revelación que salta a la vista es que el empobrecimiento no ha sido igual para todos. La brecha entre el trabajador formal promedio y el que cobra el salario mínimo ha tenido variaciones dramáticas, y cada variación cuenta una historia política y social que vemos a continuación.
Observemos la Convertibilidad (1992-2001). Es una década super compleja. El RIPTE se mantiene robusto, clavado por encima de los 2.000 dólares a valor de hoy en su primera mitad, mientras el SMVM está estancado en unos 450 dólares. La brecha es enorme: el salario promedio formal era entre 4 y 5 veces más alto que el mínimo. Esto nos habla de una sociedad dual. Una clase media formal que, gracias a la estabilidad del 1 a 1, gozaba de un poder de compra altísimo en dólares (el famoso “deme dos”), y una base de trabajadores no calificados y, sobre todo, un creciente ejército de desempleados, que quedaban completamente rezagados. La Convertibilidad no fue un paraíso; fue un apartheid social con estabilidad de precios.
Ahora, saltemos a la era del kirchnerismo (2003-2015). Aquí ocurre el fenómeno inverso y más significativo del período: un proceso de compresión de la desigualdad salarial. Mientras el RIPTE se recupera vigorosamente, pasando de 618 a un pico de 2.013 dólares, el SMVM tiene un crecimiento explosivo, pasando de 142 a 769 dólares. La brecha se achica drásticamente. En 2013, el salario promedio era solo 2.5 veces el mínimo.
Políticamente, esta fue la “magia” del kirchnerismo. No solo recuperó el poder de compra general, sino que lo hizo a una velocidad mucho mayor en la base de la pirámide, de ahí su popularidad política y el porqué Cristina es valorada por un segmento amplio de las clases populares. El uso del SMVM como una herramienta política activa, con aumentos por decreto y negociaciones en el Consejo del Salario, fue una estrategia para reducir la desigualdad dentro del universo de los trabajadores formales.
El período que comienza con la crisis de 2018 marca una nueva divergencia. Tras el pico de 2017 (Macri), donde el RIPTE roza los 2.000 dólares y el SMVM los 674, ambos se desploman. Pero no lo hacen de la misma manera.
El RIPTE cae a 1.168 dólares, pero el SMVM se derrumba a 486. La brecha se mantiene. Sin embargo, la fractura más sensible ocurre con el modelo actual. En 2024 y 2025, el RIPTE se estabiliza en un nivel muy bajo (en torno a los 1.190 dólares, un 40% menos que en 2017), pero el SMVM se pulveriza, cayendo a apenas 243 dólares. La brecha se ha disparado a un nivel nunca visto: el salario formal promedio es hoy casi 5 veces el salario mínimo.
Aquí está la clave sociológica del momento actual. La “motosierra” no ha afectado a todos por igual. Han tenido un impacto asimétrico. El ajuste ha sido mucho más severo en la base de la pirámide, en los trabajadores informales, en los que dependen de changas y, simbólicamente, en el umbral que marca el SMVM.
El gobierno de Milei, a diferencia del kirchnerismo, no ve al SMVM como una herramienta de política social, sino como una distorsión del mercado laboral. Su no convocatoria al Consejo del Salario durante los primeros meses y los aumentos por decreto muy por debajo de la inflación fueron, cuanto menos, un importante error político. El resultado es una dualización extrema del mercado laboral: una clase trabajadora formal empobrecida pero que aún logra cierta flotación, y una vasta subclase de trabajadores cuyos ingresos se han desintegrado. El fenómeno de las desigualdades múltiples (Dubet) habita en estos grupos y nos dice que el conflicto ahora no está entre clases, sino intra-clases. Luego, podremos pensar desde aquí las nuevas formas de violencia, segregación y hasta consumos para cada grupo que separa y diferencia cada vez más del otro.

Pregunta necesaria: El discurso del gobierno nos habló de un ajuste que “paga la casta”. Los datos del RIPTE y el SMVM, ¿no demuestran que el ajuste lo está pagando, de forma desproporcionada, la base de la pirámide trabajadora, mientras que el trabajador formal, aunque empobrecido, sufre relativamente menos?
Nuestra hipótesis: El gobierno es consciente de esta asimetría y, en cierto modo parece buscarla. Su base electoral no está compuesta principalmente por los receptores del SMVM o de planes sociales, sino fundamentalmente por una clase media y media-baja formal que, si bien ha perdido poder adquisitivo (como lo muestra el RIPTE), percibe que ha “zanjado” la crisis hiperinflacionaria y que el mayor costo lo está pagando “otro”. La estrategia podría ser la de sacrificar a la base para estabilizar al medio, generando una nueva grieta, ya no ideológica, sino de clase, dentro del propio universo trabajador.
Para darle carne a estos números, debemos preguntar: ¿qué se podía comprar con ese dinero? Aquí es donde la búsqueda de datos externos se vuelve crucial.
Comencemos por el sueño de la casa propia. Aunque los datos de 1985 son dispersos, las crónicas económicas y los informes de mercado sitúan el valor del metro cuadrado (m2) en un barrio de clase media de Buenos Aires, como Caballito o Almagro, en torno a los 300-400 dólares de la época. Si tomamos un valor promedio de 350 dólares de 1985, y lo ajustamos por la inflación de EE.UU., eso equivale a unos 1.050 dólares de hoy. En 1987, con un SMVM de 551 dólares, se necesitaban aproximadamente 2 salarios mínimos para comprar un metro cuadrado.
Avancemos a 2025. Hoy, el valor promedio del m2 en esos mismos barrios ronda los 2.200 dólares. Con un salario mínimo actual de 233 dólares, se necesitan casi 9.5 salarios mínimos para comprar el mismo metro cuadrado. La conclusión es elocuente: el acceso a la vivienda para un trabajador de ingresos básicos se ha vuelto cinco veces más difícil.
Pasemos al sueño del auto, el símbolo por excelencia del progreso de la clase media. En la década de los 90, durante la convertibilidad, un auto del segmento popular, como un Fiat Uno o un Volkswagen Gol, rondaba los 8.000 a 10.000 dólares. Con un salario mínimo promedio de 420 dólares de la época, se necesitaban entre 19 y 24 salarios para comprar un auto 0km.
Hoy, el auto más barato del mercado argentino supera los 15.000 dólares (al tipo de cambio financiero). Con un SMVM de 233 dólares, se necesitan más de 64 salarios mínimos. El esfuerzo para acceder a un auto se ha triplicado.
Estos datos demuestran que el empobrecimiento no es solo una estadística. Es la evaporación concreta de un horizonte de expectativas. Es la ruptura de la promesa fundamental que una sociedad le hace a sus ciudadanos: que el trabajo formal es un camino hacia el progreso material. Nuevamente, en base a estos datos, podremos también elucubrar sobre las formas de violencia, enfermedades del orden psíquico (depresión, consumos problemáticos y síntomas profundos que acaban engrosando las estadísticas más tristes como las tasas de suicidios, las poblaciones carcelarias o los diagnósticos de salud mental).
La pregunta que quema es: ¿y ahora qué? La estrategia del gobierno se basa en que esta licuación de salarios en dólares es un paso necesario para recuperar la competitividad. Esto nos abre dos escenarios futuros. Post 26 de octubre y pre 2027, año en que asistiremos, nuevamente, a elegir un rumbo para nuestro país.
Escenario 1: La Trampa de los Salarios Bajos. En este escenario, la inflación efectivamente baja y la economía “rebota” desde el piso de la recesión. Los salarios en dólares comenzarán a recuperarse, pero muy lentamente. El gobierno celebrará esta recuperación como un éxito, pero la trampa reside en que el “modelo” depende estructuralmente de que los salarios se mantengan bajos en términos regionales para ser competitivos. Una recuperación salarial demasiado rápida podría volver a encarecer los costos en dólares y ahogar el incipiente crecimiento. Nos encontraríamos en una “trampa de una falsa competitividad”, donde el país crece, pero sus trabajadores siguen siendo pobres en términos de poder de compra de bienes durables.
Escenario 2: Pesimismo derivado de una crisis de Legitimidad. En este camino, la sociedad no responde con una explosión social clásica, sino con una implosión. El “ascensor social” está desmantelado. Una generación entera de jóvenes, incluso con formación universitaria y trabajo formal, asume que nunca podrá acceder a una vivienda propia. La respuesta no es la protesta en la plaza, sino el éxodo (el “plan Ezeiza”), la apatía, la informalidad como refugio, o la caída en la anomia y la delincuencia. Es una crisis de legitimidad del sistema en su conjunto, que ya no puede cumplir su promesa más básica de progreso. Ningún gobierno, por más apoyo electoral que tenga, puede sostenerse indefinidamente sobre una base social sin futuro.
Para revertir esto a corto plazo, el gobierno de Milei necesita algo más que un superávit fiscal. Necesita, urgentemente, un shock de inversión que genere empleo de calidad y una reforma crediticia que permita a las familias volver a acceder a préstamos a largo plazo para bienes durables. Sin crédito, la reactivación del consumo será efímera, y sin inversión que aumente la productividad, cualquier mejora salarial se traducirá en más inflación.
De momento, asistimos a salvatajes extranjeros, rentabilidad para el mercado financiero y toma de deuda. Ello, bajo la promesa (y expectativa instalada) de una recuperación de los sueños. Del componente moral, ya no hablaremos. Quizás sea motivo de otro informe o, quizás, ya no haga falta decir nada más.

Septiembre nos da un nuevo valor de inflación de 2,1% promedio. Milei se reúne con un Trump que condiciona su ayuda al resultado de las elecciones. La política, pero sobre todo los mercados, se impacientan frente a ese misma resultado, aduciendo que ello definirá la gobernabilidad que traerá paz o caos. Mientras, poco se mira a largo plazo, poco es posible pensar a largo plazo. Sin embargo, para finalizar, nos hacemos otras preguntas:
¿Por qué la conflictividad social no ha Hipótesis: Porque el RIPTE, aunque bajo, no ha colapsado al mismo nivel. El corazón del poder sindical y de la protesta organizada en Argentina reside en los trabajadores formales de los grandes gremios (camioneros, metalúrgicos, bancarios), cuyos salarios se parecen más al RIPTE que al SMVM. Si bien están perdiendo poder de compra, no han caído al nivel de desesperación del sector informal. La “pax social” se sostiene sobre esta brecha. El día que el RIPTE converja hacia el SMVM y el ajuste golpee con la misma dureza al trabajador formal, la capacidad de movilización y el riesgo de una explosión social se incrementará.
Hipótesis: Se desprende un modelo de país que rompe definitivamente con la idea de una sociedad integrada y de “clase media” mayoritaria. Es un modelo que se asemeja mucho más al de otros países latinoamericanos: un capitalismo dual. Una economía formal, relativamente productiva y con salarios (en dólares) bajos pero estables (representada por el RIPTE), que convive con la informalidad, precariedad y bajos ingresos (representado por el SMVM). La estrategia podría no ser la de integrar a los segundos en el mundo de los primeros, sino la de consolidar y aislar al primer grupo, dejando al segundo librado a su suerte o a una asistencia social mínima.