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abril 29, 2026 · Por Sociolitica
Sin demasiado ruido, no vimos con claridad que hace un año empezó a dibujarse el mapa de lo que probablemente serán los próximos seis. Del 25 al 31 no se explican sin ese punto de partida. ‘La única verdad es la realidad’, decía Juan Domingo Perón, retomando a Aristóteles. Y si uno observa la realidad del último año, entre mayo de 2025 y mayo de 2026, en la política mendocina se reordenó el tablero. Hay preguntas incómodas, abiertas, sin una única respuesta. Pero antes de ensayar conclusiones, conviene volver al origen: los hitos que comenzaron a marcar este rumbo.
El 1º de mayo del año pasado, el discurso de Alfredo Cornejo fijó dos grandes promesas implícitas:
orden económico provincial basado en equilibrio fiscal, baja de impuestos e inversión; y, por otro lado, un Estado más eficiente, con digitalización, servicios más ágiles y desarrollo productivo desde sectores como minería y energía. Todo muy simplificado desde este análisis. La idea que brotaba de ese discurso, en forma de promesa, era clara: “si ordenamos, el bienestar, el progreso y el desarrollo van a llegar”.

¿Y qué pasó en el año de la macro que maneja el gobierno nacional?
La inflación no se controló, el consumo cayó, el empleo se precarizó. La recuperación económica fue real, pero solo para tres grandes sectores, que generan poco empleo y altamente especializado. El salario real no se recupera, cierran pymes y, como si fuera poco, saltaron —y siguen saltando— casos de corrupción muy delicados.
La economía se ordenó, pero no se saneó. La macro, finalmente, no ayudó al gobierno provincial. Entonces aparece el giro: la construcción del poder local debió ser política y ceder autonomía. Mendoza pasó de un sistema de coaliciones a un sistema de bloque dominante alineado con la Nación. Un proceso que cosechó frutos políticos en cuatro grandes hitos.
La síntesis: un reordenamiento pragmático, con baja carga ideológica pero de elevada intensidad política.

Datos para pensar la consolidación y proyección oficialista
La alianza generó la consolidación de un núcleo electoral duro más amplio y menos ideologizado. Uno que ve a la política como un medio útil para alcanzar proyectos personales (empresarios, clases medias con empleo formal, sectores anti-K). La alianza, en definitiva, reconfigura al radicalismo y absorbe opositores. Menos competencia, más probabilidad futura de fuego amigo.
También dejó heridos: la clase media empobrecida, jóvenes precarizados y empleados informales. Este sector está enojado, pero no encuentra representación en la oferta electoral. De hecho, cuando se le pregunta, dice que no depende de los gobiernos para vivir, que depende de su propia fuerza de trabajo: “mañana tengo que salir laburar igual y ganarme el mango”.
En nuestros estudios encontramos tres grandes grupos en el electorado: uno de orden productivo, integrado pero distante, que valora la estabilidad y tolera el ajuste; un segundo que espera mejoras, mantiene cierta esperanza pero no es optimista, el que dice “y bueno, es lo que hay…”; y un tercero desanclado, fuera del sistema y sin representación. 35%, 35% y 30%, respectivamente. La batalla de cualquier opción está en conquistar al grupo 2: el aspiracional frustrado que no quiere caer más. No le interesa la política partidaria, ni los relatos ni las grandes ideas. Quiere llegar tranquilo a fin de mes y hoy ningún oficialismo logra representarlo.
El gobierno ganó estabilidad política, pero todavía no ganó la estabilidad social que le permita consolidar su proyecto. La micro no mejora. El próximo 1º de mayo no podrá decir que “estamos mejor”, pero tampoco dirá que estamos mal. Se enfrenta a una dificultad: mostrar rumbo sin experiencia concreta en el día a día de las familias.
Podrá decir que se dejó atrás la inestabilidad, mostrar que los fondos del resarcimiento hoy son una realidad, que Mendoza resiste y proyecta futuro en minería y energía. Pero sigue debilitado cuando el salario real cae, el consumo baja y el bienestar económico es limitado. Está en una posición compleja. Además, con una interna por la sucesión muy particular, que hoy le importa poco a la gente, pero mucho hacia adentro. Luis Petri no es su favorito, lo sabemos, pero ¿es el favorito de los libertarios de Mendoza?, Si la respuesta es no ¿Se abriría una nueva tercera fuerza símil La Unión Mendocina, pero del petrismo?, ¿Cuán unida y orgánica se mostrará, en los hechos, la alianza en la Legislatura y en los municipios cuando empiecen a definirse las candidaturas? En fin, por ahora, solo preguntas.
Entonces, el viernes 1º, El gobernador, ¿puede prometer? Sí. Pero no plazos, sino rumbos: bases para un futuro que dependerá de otras variables. Buscará que esas bases tengan una impronta propia, mayoritariamente local. Inversiones en salud, seguridad, educación y transporte. El agua y su plan provincial. Obras cogestionadas con los municipios. No lo dirá explícitamente, pero intentará mostrar su capital político propio, mendocino, por fuera de la alianza.
El discurso del viernes será un intento de afirmar poder propio. Porque el reloj político ya empezó a correr hacia 2027 y, cuando ese momento llegue, el centro de gravedad estará en la sucesión, no en la gestión. Para influir en ese desenlace necesita algo previo: autoridad, independencia, autonomía. Y ahí aparece la tensión de fondo. La alianza que hace diez meses le dio volumen político hoy también le fija límites. En política casi nunca hay atajos gratuitos: cada decisión construye futuro, pero también lo condiciona. Esta no es la excepción.